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El silencio me parece un tema super complicado. Hace tiempo vi una película documental llamada El Gran Silencio (Die Große Stille, 2005 dirigida por Philip Gröning) que trata sobre la casi milenaria orden monástica de los cartujos. Famosa por su silencio. El documental que dura unas 3 horas nos muestra la cotidianidad de estos monjes y su inmersión en el silencio. La película es sin filtros. Sin reflectores, fondos musicales o retoques. Es una película enigmática.

La conquista del silencio posee el acre sabor de las batallas ascéticas, pero Dios ha querido ese combate asequible para el hombre.

Robert Sarah

La gran cartuja es el punto de partida de este libro. Nadie mejor que estos monjes para entender el silencio. Hablar sobre el silencio es difícil porque es como hablar de un espejo. Nadie sabe lo que el otro ve en el espejo. De la misma manera nadie sabe lo que el otro escucha en el silencio. El silencio es la piedra de toque de la vida espiritual y el camino para su profundización. Es el saber ver en esas cosas pequeñas las cosas trascendentales.

El desierto es el lugar del Absoluto, el lugar de la libertad. No es fruto del azar que el monoteísmo haya nacido en el desierto. El desierto es monoteísta: nos protege de la multiplicidad de ídolos fabricados por los hombres. En ese sentido, el desierto es el territorio de la gracia. En él, alejado de sus preocupaciones, encuentra el hombre a su creador y a su Dios”.

Silencio no es solo la ausencia de ruido, también de distracciones, en un mundo dónde la conectividad es prácticamente omnipresente. Con el celular es difícil estar sin distracciones y mucho más difícil es, estar solos. ¿Hay lugar para el silencio en nuestra sociedad postmoderna? Pareciera que no, pero Sarah nos revela su fuerza transformadora. El silencio templa y purifica el alma para acercarla a Dios. No hablamos de silencios breves que podamos sobrellevar sino de aquellos que se convierten en auténticas pruebas. Como cuando pareciera que Dios calla ante nuestros problemas. También el silencio se convierte en signo de comunión cuando las palabras sobran y es mejor callar. En este punto recuerda aquella jornada mundial de la juventud donde, después de una fuerte lluvia, el papa Benedicto XVI y una multitud de jóvenes llegados de todo el mundo contemplaron en silencio a Cristo. Creo que todos en algún momento hemos vivido esa cercanía con los demás en un silencio que supera a cualquier palabra que se hubiera dicho. Cuando un gran amigo perdió a su hermano se sentía que la presencia de sus amigos era superior a cualquier palabra de aliento que se pudiera decir en ese momento.

Las palabras deslucen aquello que las supera. Y sin embargo el misterio es, por definición, lo que sobrepasa la razón humana”.

Es difícil encontrar libros contemporáneos de profunda espiritualidad católica y este es uno de ellos. Escrito para ayudar a quienes quieren cultivar su relación con Dios en un mundo que se esfuerza por desaparecer el silencio que permite el encuentro.

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